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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Sostener el cambio sin aflojar a mitad de camino: lo que saben los que llegan

Bajar de peso, dejar una conducta que nos hace mal o moverse más son promesas que casi siempre se caen antes del primer mes. Acá reunimos lo que dicen especialistas y organismos internacionales para entender por qué algunos lo logran y otros no, y qué cosas simples hacen la diferencia cuando la fuerza de voluntad se acaba.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 37 d
Sostener el cambio sin aflojar a mitad de camino: lo que saben los que llegan

A mí me pasa cada enero, acá en la cuenca, cuando veo a las vecinas de toda la vida prometerse que esta vez sí, que este verano van a llegar bien, que van a dejar el azúcar, que van a caminar todas las mañanas, y a las tres semanas ya están otra vez en la plaza tomando mate con las facturas de siempre. No es un defecto de carácter, no es que les falde voluntad; es que sostener un cambio de hábitos es, probablemente, una de las cosas más difíciles que una persona se propone en la vida, y pourtant la mayoría lo encara como si fuera cuestión de decidirse un domingo a la noche y ya está.

Lo dice Vicki Griffin, una educadora en salud que lleva décadas acompañando procesos de cambio: el primer obstáculo no es la pereza ni la falta de carácter, sino la distancia enorme que hay entre la buena intención y la acción cotidiana. Dicho en criollo: sirve de poco repetirme que quiero bajar de peso si después abro la heladera a las once de la noche como si no hubiera mañana. Por eso Griffin insiste con una idea que parece obvia y no lo es: hay que tener a la vista el propósito de fondo, ese motivo profundo por el que uno se propuso el cambio, porque cuando lo tenemos presente las tareas de todos los días dejan de ser esfuerzos sueltos y se convierten en pasos concretos hacia algo que nos importa.

Metas chicas, repetidas, y un plan con fecha

Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, los CDC, recomiendan traducir ese propósito grande en un plan con objetivos específicos, medibles y acotados en el tiempo. Una revisión publicada por los Institutos Nacionales de Salud de ese país refuerza la idea: cuando uno formula la meta con precisión, fija un criterio claro para saber si avanza o no, y eso cambia todo. No es lo mismo proponerse «comer mejor», que es una frase linda y vacía, que proponerse «esta semana voy a sumar una ensalada al almuerzo y una fruta a la merienda», que es algo que uno puede cumplir, medir y chequear.

  • Dividir el cambio en tramos manejables y abordar un comportamiento por vez, tal como sugiere la Asociación Estadounidense de Psicología.
  • Recordar que cualquier cantidad de actividad física es mejor que ninguna, como subraya la Organización Mundial de la Salud.
  • Fijar una referencia concreta: para los adultos, la OMS habla de 150 a 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada.

Acá en la cuenca, doña Elsa, 58 años, me decía el otro día algo que me hizo pensar: «yo no quiero bajar diez kilos en un mes, quiero llegar a los sesenta y pico sintiéndome bien, poder jugar con mis nietos sin quedar agitada, y para eso me alcanza con caminar cuarenta minutos por día». Esa frase resume mejor que cualquier manual la lógica de los tramos manejables. No se trata de comerse el mundo de una, sino de ir sumando de a poco, con paciencia, con la cabeza puesta en el motivo que nos mueve.

Cuando la meta se cae, no se cae el camino

El neurocientífico Karl Bailey aporta una cuota de esperanza que a mí, personalmente, me sirve mucho: el cerebro conserva, aun en la edad adulta, una capacidad enorme para reorganizar sus circuitos y acompañar nuevas conductas. Eso quiere decir que el cambio no es una gracia reservada para los veinteañeros; está disponible para nosotros, los que tenemos cuarenta, cincuenta, sesenta años, aunque a veces uno sienta que ya está grande para empezar.

Ahora bien, también hay que hacerse cargo de lo que va a pasar: los tropiezos. Griffin lo dice con claridad y la APA lo respalda: los errores son parte del proceso, no el final del mismo. Un domingo que nos pasamos de rosca, una semana que no pudimos movernos, una noche en la que caímos con la comida no anulan meses de esfuerzo; lo que los arruina es convertir ese traspié en una excusa para abandonar. La psicología del cambio de conducta lo repite hasta el cansancio: hay que revisar la estrategia, ajustar la meta si dejó de ser viable, y volver al plan sin drama, sin castigo, sin culparse.

“Los tropiezos no confirman un fracaso; sirven para revisar la estrategia y retomar el plan antes de que un traspié se convierta en abandono.”Vicki Griffin, educadora en salud

Y acá viene un punto que a mí me parece clave y que muchas veces olvidamos: el entorno. La APA lo dice de manera directa: involucrar a familiares, amistades o grupos de apoyo refuerza la motivación y crea una suerte de responsabilidad compartida, que no es lo mismo que el control ajeno sino más bien la red que nos contiene cuando la ganas decaen. Los CDC bajan esa idea al plano concreto: compartir los objetivos con personas de confianza, caminar en compañía, cocinar con alguien, charlar de los obstáculos en vez de comérselos solos. Nosotres, los seres humanos, no cambiamos en el aire; cambiamos rodeados de otros, y cuando esos otros saben lo que estamos intentando y nos acompañan sin juzgarnos, las chances de sostener el esfuerzo se multiplican.

El tiempo como aliado, no como enemigo

El último punto, y no por eso el menos importante, es el tiempo. La APA aconseja consolidar un hábito antes de sumar otro, porque intentar cambiar todo al mismo tiempo es la receta más segura para abandonar todo junto. Los CDC agregan un detalle fino pero decisivo: repetir la conducta en horarios y contextos estables es lo que termina convirtiéndola en rutina. Es decir, no alcanza con caminar; alcanza con caminar todos los días a la misma hora, por el mismo barrio, después del mate, como un engranaje más del día. Cuando el hábito se ancla en un horario y en un lugar, deja de depender de la inspiración del momento y pasa a formar parte del orden cotidiano, que es donde se sostiene lo que vale.

La OMS cierra el cuadro con una mirada amplia que a mí me gusta mucho porque nos baja un cambio de la nube del «somos lo que decidimos» y lo trae a la tierra: las conductas de salud se construyen en la vida cotidiana, a través de la alimentación, del movimiento, del sueño, del vínculo con los demás. No hay fórmula mágica ni atajo: hay práctica, hay paciencia, hay tropiezos, hay otros que nos bancan, y hay un propósito de fondo que nos recuerda por qué empezamos. Doña Elsa, la vecina del principio, seguramente va a leer esto y va a sonreír, porque sabe mejor que nadie que cambiar no es cuestión de un arranque furioso de un domingo a la noche, sino de un camino largo en el que lo importante no es no caerse nunca, sino volver a levantarse y seguir caminando, acá en la cuenca, junto a los suyos, con la calma de quien ya entendió que el cambio verdadero se sostiene un día a la vez.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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