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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Treinta dólares y seis espectadores: la paradoja comercial más insólita del cine independiente

Una película rodada en el desierto de Mojave con un presupuesto modesto eligió un camino de distribución tan particular que su estreno en Estados Unidos apenas juntó el equivalente a una cena para dos, mientras del otro lado del mundo la misma historia se vendía en más de veinte países.

Por Ramón VeraCultura y espectáculos · · hace 27 d
Treinta dólares y seis espectadores: la paradoja comercial más insólita del cine independiente

Tengo que confesarles que cuando me crucé con esta historia me quedé pensando un buen rato, porque hay cosas que uno lee y siente que le están tomando el pelo, pero después se da cuenta de que no, de que la industria del cine a veces tiene vericuetos que ni el más imaginativo guionista se animaría a meter en un guion. Les voy a contar la de Zyzzyx Road, un thriller de bajo presupuesto que protagonizaron Leo Grillo, Katherine Heigl y Tom Sizemore, y que tiene el dudoso honor de haber sido, durante mucho tiempo, la película con la peor recaudación de la historia en una sala de cine comercial de Estados Unidos. Pero no se queden con esa primera impresión, porque la historia detrás del estreno es bastante más interesante que el récord en sí, y merece que nos detengamos a mirarla con cuidado.

Un crimen en el desierto

Antes de meternos en los números y en la estrategia comercial, vale la pena que les describa de qué va la película, porque sin esa mínima referencia uno no entiende por qué el director tomó las decisiones que tomó. Zyzzyx Road fue escrita, producida y dirigida por John Penney, un guionista con experiencia previa que había trabajado con nombres como Brian Yuzna y Joey Travolta, y que con este proyecto se animó por primera vez a ponerse detrás de la cámara con material propio. La historia se ambienta en Las Vegas y gira alrededor de una pareja que mata al exnovio de ella y decide enterrarlo en una carretera perdida del desierto que termina dándole título al filme. Hasta acá, un planteo bastante clásico de thriller. El problema, y acá viene el primer giro, es que cuando los protagonistas vuelven al lugar para recuperar el cadáver, este ya no está. Ese cuerpo que desaparece es el motor de toda la trama, y a partir de ahí la película se mete en un terreno más psicológico, donde la desconfianza entre los dos empieza a crecer y las sospechas se multiplican. El rodaje se extendió durante veinte días del verano de 2005 en el desierto de Mojave, ese paisaje inmenso y áspero que está del lado californiano, y se hizo con un presupuesto total de 1,2 millones de dólares, una cifra chica si la comparamos con cualquier producción promedio de Hollywood, pero enorme para un proyecto de estas características.

El elenco, mirado en perspectiva, llama bastante la atención. Leo Grillo es un actor y productor conocido sobre todo por su trabajo en films vinculados con animales, y fue justamente él quien motorizó gran parte de la estrategia comercial que después les voy a detallar. Katherine Heigl aceptó el papel después de que Thora Birch lo rechazara, y en ese momento Heigl ya había filmado el episodio piloto de Anatomía de Grey, la serie que después la convertiría en una figura enorme de la televisión mundial. Tom Sizemore, por su parte, llegaba con un currículum que incluía títulos de la talla de Rescatando al soldado Ryan y Heat, dos películas que cualquier cinéfilo reconoce de inmediato. Quiero que se queden con estos nombres, porque lo curioso es que tres actores con trayectorias tan disímiles terminaron confluyendo en un proyecto que, comercialmente hablando, parecía destinado al ostracismo más absoluto en su país de origen.

La sala, el mediodía y los seis

Ahora sí, vamos a lo que hace única a esta historia. Zyzzyx Road llegó al Highland Park Village Theater de Dallas el 25 de febrero de 2006, y la función se programó para el mediodía. La sala fue alquilada por mil dólares la semana completa, y las entradas se pusieron a cinco dólares, un precio simbólico si se quiere, pero también realista para una película que no tenía detrás una campaña de marketing tradicional. Las proyecciones se extendieron hasta el 2 de marzo, y al cabo de esos siete días, según los datos que trascendieron, pasaron por la sala exactamente seis personas. Hagan la cuenta, porque es casi un ejercicio de matemática escolar: seis entradas a cinco dólares son treinta dólares, que es la cifra que circuló en todos los medios cuando se contó esta historia. Pero hay un detalle más que vuelve el cuadro todavía más absurdo, y es que entre esas seis personas estaban la maquilladora de la producción, Sheila Moore, y una amiga suya, a quienes el propio Grillo les devolvió el importe de las dos entradas. Así, la recaudación neta terminó siendo de veinte dólares, y eso contando que la sala ya había costado mil dólares por el alquiler. La ecuación, como verán, no cierra por ningún lado si uno la mira desde la lógica del negocio cinematográfico tradicional.

Les decía que la explicación está en la estrategia, y acá es donde la historia cambia de signo, porque detrás de ese estreno tan magro había una decisión muy pensada. Grillo, que como les comenté venía del mundo de los films sobre animales, estaba buscando generar ingresos en el mercado internacional para financiar proyectos futuros, y entendió que para eso necesitaba cumplir con los requisitos formales de estreno en territorio estadounidense, aunque la exhibición real fuera mínima. Por eso se optó por Dallas, por la sala chica, por el horario del mediodía y por una semana que apenas juntó seis butacas ocupadas. La jugada tenía una lógica, aunque vista desde afuera parezca de locos, y se completó cuando la película se vendió en el exterior para su edición en DVD: los derechos internacionales terminaron sumando alrededor de 368.000 dólares repartidos en 23 países, una cifra que, sin ser enorme, tampoco es despreciable para una producción independiente de un millón doscientos mil dólares.

Yo les soy sincero, cada vez que vuelvo sobre esta historia no puedo evitar pensar en esos seis espectadores sentados en una sala de Dallas a pleno mediodía, viendo una película que ni siquiera sabían que iba a terminar convertida en una curiosidad de la historia del cine. También pienso en Grillo, devolviéndole los cinco dólares a la maquilladora como quien cierra un trato entre amigos, y en Penney, que después de años como guionista se animó a dirigir su propio material y terminó viendo cómo su película era noticia no por su trama ni por sus actores, sino por una planilla de recaudación que daba vergüenza ajena. Pero lo más interesante, y se los digo con honestidad, es cómo una decisión que en cualquier otro contexto sería un fracaso estrepitoso terminó formando parte de un plan que, mirado en conjunto, no le fue tan mal. La pregunta que me queda dando vueltas, y que les dejo para que la piensen en sus casas, es qué pesa más a la hora de acercarse a una película: si el argumento que propone, el elenco que la sostiene o la historia rara y casi novelesca de su realización. Yo, por lo pronto, cada vez me inclino más por la tercera opción.

RV
Ramón VeraCultura y espectáculos

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