Tres viajes a Malvinas para contar lo que acá casi no se cuenta
El cineasta Pablo Aparo convivió cinco meses con los kelpers y trajo "Los vencedores", un documental que ganó dos premios en el BAFICI y todavía puede verse en salas de cuatro ciudades argentinas.
Arrancamos por una cocina que no es la mía ni la de nadie que yo conozca. Es la cocina de Matt, un terrameniente kelper de unos cuantos años, dueño de una estancia que se pierde entre las montañas de Malvinas. Ahí, con la pava silbando y la estufa a leña haciendo ruido de fondo, el cineasta Pablo Aparo, porteño de 40, se sentó por primera vez a charlar con alguien que había aceptado ser filmado por un argentino en pleno territorio donde la palabra "argentino" todavía quema. Eso fue en 2020, el primero de tres viajes que el director hizo a las islas para armar "Los vencedores", el documental que acaba de ganar dos premios en el BAFICI y que sigue en cartel en Buenos Aires, La Plata, Rosario y Córdoba.
La pregunta que abrió todo
Aparo me cuenta, vía telefónica, que la idea nació de una curiosidad muy concreta y muy criolla. "Acá en la cuenca", como decimos cuando queremos marcar distancia con el centro del país, se habla mucho de Malvinas, pero casi siempre desde el continente, mirando para el sur con la bandera en la mano. Lo que no se conoce tanto es lo que pasa del otro lado, en el día a día. En las islas viven 3.500 habitantes civiles, una cifra parecida a la cantidad de militares que están estacionados de forma permanente en la base aérea de la zona. "¿Cómo hacés tu vida normal con una base militar de ese tamaño a pocos kilómetros?", se preguntó Aparo antes de subir al avión. Y esa pregunta se transformó en cinco meses de rodaje repartidos entre 2020, 2023 y 2024.
Los permisos para filmar los tuvo que gestionar ante la Administración de Malvinas, que es el gobierno local de las islas. No fue un trámite express. Y la recepción, según cuenta él mismo, fue de lo más despareja: mientras algunos vecinos colaboraban y se prestaban a la cámara, otros le pedían que la guardara en el bolso o directamente le cerraban la puerta. Matt fue el único que dijo que sí. Esa misma tarde, Aparo ya estaba durmiendo en la granja.
La escena más tensa, en el Salón de la Pradera del Ganso
Hay un momento de la película que a mí, mientras lo escuchaba de boca del director, se me erizó la piel. Es la visita de Aparo y Matt al Salón de la Pradera del Ganso, el lugar donde el Ejército argentino mantuvo encerrados a los isleños, entre ellos a Matt y a su familia, durante varias semanas de mayo de 1982. Cuando los asistentes vieron que había un argentino ahí, varios se levantaron y se fueron. La cámara los registró. "Es una herida que sigue abierta", reflexiona Aparo, y la verdad es que no hace falta ser cineasta para entenderlo.
“Cuando Matt y yo entramos al salón, algunos se pararon y se fueron. Entendí que yo, como argentino, no era bienvenido en ese momento. Es una herida que sigue abierta y mi presencia la removía.”Pablo Aparo, director de "Los vencedores"
Lo que los kelpers vieron y los argentinos no
Ahora bien, lo más interesante del documental, al menos para mí que llevo décadas escuchando hablar de Malvinas desde Buenos Aires, es lo que aparece contado del lado de allá y que del lado de acá casi no circula. Por ejemplo, los testimonios de isleños que cuentan que después del cese del fuego abrieron galpones y encontraron donaciones de ropa de invierno y alimentos que se habían enviado desde el continente para los soldados argentinos, que habían pasado el invierno sin recibirlas. También aparecen cartas escritas por soldados argentinos a los propios kelpers, en un inglés elemental y con errores de manual, pidiendo comida o abrigo. Son papeles que dan vuelta por las islas y que muestran, otra vez, que la guerra nunca es de una sola manera.
Dónde verlo y por qué importa
- En la Ciudad de Buenos Aires, La Plata, Rosario y Córdoba, con funciones que van cambiando semana a semana.
- Después de pasar por el Malba, sigue en cartel en cines independientes de esas cuatro ciudades.
- Conviene revisar la cartelera de cada sala antes de ir, porque la programación se mueve rápido.
Vuelvo a la cocina de Matt, que es la mejor forma de cerrar esta nota, como me enseñaron los que saben del oficio. Aparo se fue de Malvinas con una película bajo el brazo y con una certeza que comparte cada vez que le preguntan: ver la historia desde la perspectiva de quienes viven allá no borra el reclamo de soberanía ni cambia lo que pasó en 1982, pero agrega una capa que en la Argentina nos cuesta mirar. Y a mí, sinceramente, me parece que eso no nos hace ni más ni menos patriotas. Nos hace, simplemente, un pueblo un poquito más entero.
