Una canción, un pasillo de hospital y la huella de Ernestina Pais
Rocío Igarzábal contó por radio cómo una desconocida cantó "Todo está aquí", de Julieta Venegas, en la sala de espera donde ella esperaba hacerse un estudio, tres días después de la muerte de su amiga y compañera de elenco. La historia, que conmovió a quien la escuchó, vuelve a poner en primer plano el vínculo entrañable que las actrices habían construido en la gira de la obra.
Hay canciones que uno lleva puestas desde hace tanto tiempo que ya parecen propias, como si vinieran con la muda de ropa, y de golpe un día cualquiera, en un pasillo cualquiera, alguien que no conocés las canta y te corren lágrimas por la cara sin permiso. Eso le pasó a Rocío Igarzábal, y por eso la historia que ella eligió contar públicamente, a dos meses del accidente que se llevó a Ernestina Pais, no es una anécdota triste más sino un pequeño acto de fe compartido, de esos que a mí, cada vez que aparecen, me reconcilian un poco con esto de estar vivos y de prestar atención.
Ernestina Pais murió el 26 de junio en San Isidro, atropellada por un tren cuando iba al teatro para hacer la función de la obra que compartía con Igarzábal. Eran dos actrices en gira, dos mujeres que habían construido una amistad cercana mientras ensayaban y viajaban juntas, y que habían encontrado en la ruta una especie de complicidad de colegas y amigas que se cuentan cosas mirando el camino. Por eso, lo que vino después no fue un duelo cualquiera sino un duelo compartido con público, con horarios de función y con canciones en el auto.
Todo está aquí
En uno de esos viajes de vuelta del teatro, Igarzábal le confesó a Pais que "Todo está aquí", del MTV Unplugged de Julieta Venegas, era una de sus canciones favoritas. Tanto que la usaba como materia prima para componer un tema pensado para su hija, que iba a formar parte de un disco previsto para el año próximo. Las dos la cantaron a los gritos, con emoción, con esa manera que tenemos de cantar en el auto cuando sentimos que la letra fue escrita para nosotras. Me imagino la escena y se me dibuja la sonrisa, porque cantar con alguien una canción así, en la ruta, es una forma íntima de decirse cosas sin decirlas.
“Se me erizó la piel. Yo sentí que me estaba diciendo que ella estaba bien.”Rocío Igarzábal
El lunes 29 de junio, tres días después del fallecimiento, Igarzábal fue a hacerse un espinograma. En la sala de espera había pocas personas. Una mujer mayor se acercó, la reconoció y le contó que su hijo había sido una de las últimas personas en estar junto a Pais en los momentos finales del accidente, y que estaba muy afectado por lo que había vivido. Cuando la llamaron para entrar al estudio, otra mujer que estaba sentada a varios asientos de distancia, con su hijo pequeño al lado, empezó a cantar en voz alta, sin más, esa misma melodía. La sala, que hasta un segundo antes era un lugar anodino, se transformó en otra cosa.
Una vida nueva para la canción
Desde ese momento, contó Igarzábal, la música de Julieta Venegas tomó un lugar nuevo en su vida. Lo dijo el 4 de septiembre, en un programa de radio, con la voz entrecortada y avisando de antemano que el corazón ya le latía fuerte antes de empezar a hablar. Lo dijo con la honestidad simple de quien sabe que lo que está contando suena increíble y por eso mismo lo cuenta igual, porque a veces las cosas que no entran en la lógica son las que más nos sirven para entender por dónde andamos.
Yo, que escucho estas historias con la oreja periodística pero también con la del compañero de ruta, me quedo pensando cuántas veces dejamos pasar señales así por no prestar atención. Cuántas veces la vida nos tira un mensaje en un pasillo, en un súper, en una parada de colectivo, y nosotros seguimos mirando el celular. La historia que contó Igarzábal es, en el fondo, una invitación a levantar la vista y a dejar que la música nos encuentre donde estemos, aunque el lugar sea una sala de espera cualquiera, con el miedo lógico de un estudio médico y el dolor lógico de una amiga que ya no está.
