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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una familia que sabe de adjetivos pero no de abrazos, y la chica que la descolocó

La nueva comedia de Andrea Garrote llega al Teatro Picadero con un elenco de cuatro actores y una pregunta que incomoda: ¿cuántas veces usamos las palabras correctas para no decir lo que de verdad nos pasa?

Por Ramón VeraCultura y espectáculos · · hace 31 d
Una familia que sabe de adjetivos pero no de abrazos, y la chica que la descolocó

Hay una frase que me quedó dando vueltas mientras veía esta obra, y no es de ningún dramaturgo famoso ni de ningún cantante de folklore: es de uno de esos personajes de clase media ilustrada que todos conocemos, alguien capaz de pasarse veinte minutos discutiendo si lo que siente es "angélico" o "angelical", y al que después no le sale ni un "te quiero" a la hora de la cena. Eso, justamente, es lo que pone en escena Andrea Garrote con "Amaru", la comedia que los domingos a las 18 se sube a las tablas del Teatro Picadero, en el pasaje Enrique Santos Discépolo 1857, y que yo fui a ver con la sana intención de pasar un buen rato y terminé saliendo con una pequeña sacudida en el pecho que todavía no se me fue del todo.

Antes de la función, conviene detenerse un segundo en la sala, porque el Picadero tiene esa mística de los teatros del centro porteño que ya forman parte del relato: la platea chica, las butacas de madera, ese foyer donde uno se cruza con actores que fueron a ver a colegas y comentan en voz baja, como si no quisieran despertar a los que todavía no llegaron. En esa atmósfera caldeada empieza "Amaru", con un living bien puesto en escena por Santiago Badillo -minimalista, ordenado en niveles que van marcando las jerarquías de poder entre los personajes-, y con una familia tipo que perfectamente podría ser la de un amigo nuestro: una madre verborrágica, un padre en plena crisis de mediana edad, un hijo que oscila entre la ironía y la ternura, y una chica que aparece una noche con un bolso y un nombre que en quechua significa serpiente sagrada.

La que vino a revolver el gallinero

La chica es Amaru, y la trae Lucas, el hijo. La interpreta Fiamma Carranza Macchi con una presencia que tiene tanto de encantadora como de inquietante: no es la chica disruptiva que llega a romper cosas a propósito, es algo más interesante que eso, es alguien que simplemente propone pactos sobre el uso de las pantallas, tiene una relación más libre con el tiempo y se da esos mimos físicos que en esa casa nunca tuvieron lugar. La madre, Mariel, la mira de reojo; el padre cae rendido a su influjo; el hijo observa cómo su mundo doméstico se le transforma desde adentro sin que nadie pueda articular bien lo que está pasando. Esa es la gracia de la pieza: lo que incomoda no es lo que se dice, sino lo que se calla.

Garrote, que firma el texto y comparte la dirección con Carolina Stegmayer, se reserva el papel de Mariel y lo lleva a un extremo de precisión cómica que no sacrifica la emoción ni un segundo. Marcos Ferrante compone a un padre que parece permanentemente a punto de decir algo importante y nunca termina de animarse. Julián Cnochaert, como Lucas, alterna el humor con la ternura de una manera casi imperceptible, como si uno no terminara de decidir si le causa gracia o le causa ternura, y eso, lejos de ser un problema, es lo que vuelve al personaje entrañable. El elenco es de cuatro, no sobra nadie, y los ochenta minutos vuelan.

  • Comedia de humor sostenido con un tramo final que incorpora un elemento fantástico sin perder el tono.
  • Construcción coral en la que el elenco funciona como un reloj: cada actor tiene su ritmo y su momento.
  • Escenografía minimalista en niveles que acompaña la dinámica de poder entre los personajes.
  • Texto con capas: hay carcajada, sí, pero también incomodidad reconocible, la de verse un poco en esa familia.

El nudo que no se desata

Lo que más me interesa de "Amaru" es que no deriva nunca hacia el drama pesado, pero tampoco se queda en la comedia liviana: es una pieza que se permite incomodar sin gritar, que propone una pregunta que a esta altura a mí, que tengo unos cuantos años encima, me resulta bastante reconocible. ¿Cuántas veces discutimos por una coma o por un adjetivo para no hablar de lo que nos pasa? ¿Cuántas veces armamos discusiones eruditas sobre el uso correcto del lenguaje mientras esquivamos, con una habilidad que ya sería analizarla con un especialista, las conversaciones que de verdad importan? La obra no viene a dar respuestas, y está bien que así sea: viene a poner el dedo en la llaga con elegancia, con humor y con una sensibilidad que se nota en cada decisión de dirección.

"Amaru" se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, pasaje Enrique Santos Discépolo 1857, con una función que dura ochenta minutos justos. La entrada es una inversión chica para el rato grande que uno se lleva puesto. Si alguien me pregunta a qué ir a ver este finde, no dudo: a esta comedia que habla de palabras y silencios con la misma destreza, y que termina dejando a la salida una pregunta que a más de uno de cuarenta, cincuenta o sesenta lo va a hacer pensar en la mesa familiar del domingo.

RV
Ramón VeraCultura y espectáculos

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