Volar sin que el miedo se siente en el asiento de al lado: lo que dijo Conrado Estol
El neurólogo repasó cómo la cabeza se adelanta al avión, por qué las turbulencias asustan tanto y qué conviene hacer (y qué no) cuando el cuerpo reacciona antes de despegar.
Acá en la cocina, mientras hervía la pava para el mate, se me cruzó la imagen de una señora vecina, Marta, de 52 años, que el verano pasado casi pierde las vacaciones en Brasil porque, según me contó ella misma con una risa nerviosa, no podía subir al avión sin sentir que se le cerraba la garganta. Esa escena vuelve cada vez que un especialista habla del miedo a volar, porque no es un capricho ni una exageración: es un cuerpo que se adelanta al viaje y empieza a temblar antes de que las ruedas despeguen.
La anticipación, el primer capítulo del temor
Conrado Estol, neurólogo, explicó que muchas veces el malestar empieza bastante antes de pisar el aeropuerto. Los controles, los trámites migratorios y la preocupación por llegar tarde quedan asociados, en la cabeza, con la ansiedad del vuelo. A eso se suma la claustrofobia, que puede aparecer cuando uno se imagina encerrado en una cabina durante horas. Saberlo, dice Estol, no alcanza para apagar la respuesta emocional, pero ayuda a entender por qué el cuerpo reacciona como si ya estuviera en el aire.
Nosotros, los que escuchamos a Estol en distintas entrevistas, sabemos que el médico insiste con una idea: conocer las estadísticas de seguridad no borra el miedo, porque la experiencia de volar es ajena a la vida en tierra. Por eso su propuesta pasa por otro lado: por poner en perspectiva lo que se siente con información concreta.
El truco de mirar el cielo desde el celular
Entre las sugerencias que compartió, hay una que sorprende por simple: abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y mirar cuántos aviones están circulando en ese momento por el mundo. La idea, explicó Estol, es dimensionar que el tráfico aéreo es enorme y cotidiano, y que nuestro viaje es uno más dentro de ese movimiento permanente. Es un ejercicio para darle contexto a la percepción de riesgo, no una promesa de que el miedo se vaya de un plumazo.
- Observar el movimiento aéreo en tiempo real para dimensionar la frecuencia de los vuelos.
- Distinguir las turbulencias de tormenta de las que ocurren con cielo despejado.
- Recordar que los episodios de turbulencia fuerte suelen durar segundos o pocos minutos, aunque parezcan eternos.
- Comparar las sacudidas del avión con los movimientos que se toleran en un tren.
- Tener en cuenta que los pilotos cuentan con herramientas para esquivar tormentas y modificar el recorrido.
- Evitar el alcohol como método para sobrellevar el miedo: puede provocar insomnio y deshidratación.
Cuando el avión se sacude sin nubes a la vista
Durante el trayecto, las turbulencias concentran buena parte de la preocupación. Estol distinguió dos tipos: las que están vinculadas con tormentas y las que se producen en aire claro. Por eso, señaló, es posible sentir movimientos aunque desde la ventanilla no se vean nubes ni mal tiempo. Esa diferencia, dice, suele desactivar la fantasía de que el avión entró en una zona peligrosa sin aviso.
También explicó que la expectativa de cuánto durará una turbulencia puede aumentar la inquietud. Los episodios fuertes, según describió, generalmente se extienden durante segundos o unos pocos minutos, aunque quien los atraviesa puede imaginar que continuarán durante horas. Como comparación, propuso prestar atención a los movimientos que se toleran al viajar en tren, donde las sacudidas son moneda corriente y nadie se alarma.
Tormentas: lo que pueden hacer los pilotos
Sobre el mal tiempo, Estol indicó que los pilotos disponen de herramientas para identificar fenómenos meteorológicos y cambiar el recorrido cuando hace falta. Además, destacó el papel de los protocolos de cabina, que apuntan a reducir distracciones durante la operación para que la tripulación pueda responder con rapidez.
Lo que Estol no recomienda: el alcohol
El neurólogo fue claro al desaconsejar el recurso más clásico de los asustados: tomar algo para distenderse. Advirtió que el alcohol puede provocar insomnio y deshidratación, dos efectos que arruinan el descanso después del vuelo y, sobre todo, el arranque de las vacaciones. Su planteo general fue que el miedo no termine condicionando los viajes ni decidiendo por nosotros a dónde vamos o dejamos de ir.
Volví a pensar en Marta mientras apagaba la pava. Me la imaginé mirando una pantalla con el mapa de vuelos en vivo, contando aviones como quien cuenta autos en una avenida, y entendiendo que su vuelo a Río no era una excepción ni una locura, sino un viaje más en una red que no para. Eso, que parece tan simple, es lo que Estol propone: cambiar la película que la cabeza se arma antes de despegar. No es magia ni una promesa de valentía, pero alcanza para que el miedo no se siente, otra vez, en el asiento de al lado.
