Whalefall: cuando el estómago de una ballena se vuelve el mejor confesionario del mundo
Austin Abrams se pasa casi toda la película metido adentro de un cetáceo gigante y, entre intento de escape y tentativa de huida, se la pasa hablando con un padre muerto que no lo supo querer en vida. La nueva película de Brian Duffield arranca como un relato de supervivencia pura y dura y termina mutando en algo mucho más íntimo, más denso y, según el día que uno tenga, más emotivo o más empalagoso.
Les cuento de entrada que Whalefall no es una película para ver un domingo a la tarde con pochoclos y la cabeza en cualquier otra cosa. Es una propuesta que te toma del cuello desde la primera escena y no te suelta hasta los créditos finales, con más y con menos. La dirige Brian Duffield, un realizador que ya se había anotado varios puntos en la pantalla grande y que acá decide ir a fondo con una premisa de esas que parecen salidas de un cuento infantil contado por un guionista con vocación de psicoanalista.
Porque miren, lo concreto es este: la historia arranca en un lugar al que muy pocas películas se animan a entrar. Literalmente. El protagonista, interpretado por Austin Abrams, un actor que muchos van a reconocer por su paso por Resident Evil, aparece desde el vamos atrapado dentro del estómago de una ballena gigante. Así, como lo leen. Solo, en un espacio oscuro, viscoso, claustrofóbico, con el reloj corriendo en contra y con un diseño de producción que hay que reconocer que labura muy bien para transmitir esa sensación de que el aire se acaba y las paredes te comen.
En el corazón de la ballena
Lo que podría haber sido una película de género puro, una especie de 127 Horas pero en versión ballena, muta hacia un costado bien distinto. Y acá viene el meollo de la cuestión, lo que a mí me parece lo más interesante y a la vez lo más riesgos del asunto. Duffield decide meter en el centro de la escena un drama familiar pesado, espeso, de esos que duelen de verdad. El personaje de Abrams no está solo en la panza de ese bicho. Está acompañado, en espíritu y en flashbacks, por la figura de su padre, ya fallecido, con el que nunca terminó de arreglar las cosas y al que ahora, atrapado como está, se ve obligado a enfrentar en una especie de conversación que en la vida real nunca tuvo.
Lo que se va armando alrededor de ese conflicto es una exploración, sin vueltas, del amor que nunca se dijo a tiempo, de las despedidas que se postergaron hasta que ya no hubo más margen, de los vínculos familiares que se rompen sin que nadie alcance a ponerlos en palabras. Hay algo ahí que me hizo acordar bastante, en clima y en tono, a Ad Astra, aquella película con Brad Pitt que también era un viaje hacia adentro más que hacia afuera. Aclaro de arranque: si a vos esa clase de drama íntimo, silencioso, con silencios largos y primeros planos de ojos brillantes te copa, Whalefall te va a encontrar absolutamente desprevenido y te va a sacudir. Si no es tu frecuencia, te aviso que la salida de la sala puede ser bastante más tibia.
Lo que se dijeron y lo que no
A mí, personalmente, lo que me dejó Whalefall es esa idea, que uno se lleva masticando durante varios días después, de cuántas veces en la vida uno se queda callado delante de un padre, de una madre, de un hijo, de un hermano, esperando el momento justo para decir algo que nunca llega. La película elige meter al personaje en la situación más extrema posible, literalmente en el estómago de un animal de decenas de toneladas, para forzar ese encuentro que en la vida cotidiana se evade todo el tiempo. Y ojo, aclaro que esto no significa que Whalefalf sea una joyita redonda del cine de autor: hay tramos donde la cosa se hace densa, donde el equilibrio entre la acción pura y el costadito emocional no termina de cuajar del todo, y donde uno como espectador siente que le están pidiendo que se enganche con algo que en otra pantalla, con otro ritmo, funcionaría mejor.
El reparto, centrado casi con exclusividad en Abrams, resuelve con oficio lo que le toca. El actor se banca los planos largos, la soledad de la escena, el peso de los silencios y las réplicas de un interlocutor que no está físicamente en cuadro. No es un papel fácil ni amable, y se nota que el pibe se la jugó. Lo que no termina de convencerme, y ojo que esto es muy de butaca, es que la apuesta tan extrema del punto de partida y la profundidad del costadito dramático convivan del todo armónicas. A veces parece que son dos películas que se turnan el mando a los tirones, y eso puede dejar al espectador con la sensación de que nunca termina de saber para qué lado le están pidiendo que mire.
Igual, insisto, Whalefall es de esas películas que vale la pena ver. Porque hay algo ahí, en la mezcla entre la supervivencia más descarnada y el costadito más humano de los vínculos, que se queda dando vueltas. No es un filme para todos los públicos ni pretende serlo. Pero a quien le resuene, le va a pegar fuerte. Y a quien no, le va a dejar al menos el registro de una experiencia visualmente poderosa y de una idea de fondo que da para discutirla de sobremesa largo y tendido.
“La pregunta que la película deja picando en la cabeza es una sola, y es la misma que arrastramos toda la vida: cuántas cosas que importan de verdad nos quedamos sin decirnos antes de que sea tarde.”Ramón Vera
Whalefall se puede ver en cines de Argentina desde este jueves, en salas IMAX y tradicionales, con funciones en español y en versión subtitulada. Quienes quieran maratón pueden combinarla, en lo conceptual, con Ad Astra y con la primera entrega de Resident Evil para entender el recorrido de su protagonista. Y antes de que me olvide: recomendada para ir en pareja o con un amigo con el que uno esté dispuesto a hablar en serio después de la función. Con pochoclo y al vuelva, no es la película.
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