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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Adentro del agua: cuando la pileta se vuelve un consultorio

La hidroterapia reaparece como recurso clave en consultorios y centros de rehabilitación. Especialistas explican qué cuadros se benefician con sesiones guiadas y por qué la flotación cambia la forma en que el cuerpo se mueve.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 1 h
Adentro del agua: cuando la pileta se vuelve un consultorio

La escena es bien conocida: una pileta con luz filtrada desde el techo, una fisioterapeuta con un reloj en la mano y una vecina de Boedo, María Esther, 58 años, que entra al agua con desconfianza porque no sabe nadar. Apenas le llega el agua a la cintura, María Esther se para derecha y me dice, con esa mezcla de asombro y alivio que solemos ver nosotros los que acompañamos estos procesos: "Doctor, acá adentro no me duele la rodilla". Esa frase, que escucho casi cada semana, resume de cuerpo entero de qué se trata la terapia acuática, esa modalidad que en los últimos años se instaló en los centros de rehabilitación como una herramienta seria, lejos del ocio y cerca del consultorio.

Cuatro propiedades que cambian el movimiento

Lo que le pasa a María Esther no es magia ni sugestión: es física aplicada al cuerpo. El agua ofrece cuatro propiedades que modifican la manera en que ejecutamos cualquier movimiento, y por eso los profesionales la eligen para trabajar en contextos donde la tierra se vuelve una aliada demasiado exigente. La primera es la flotabilidad: con el agua a la altura de la cintura, una persona percibe que carga apenas la mitad de su peso. Las articulaciones que en tierra soportan todo el peso del esqueleto, como la rodilla, la cadera o los tobillos, de pronto descargan y pueden moverse sin la carga que las hace doler. Esa es la razón por la que caminar dentro del agua es mucho más fácil que caminar en el patio de casa, incluso para alguien que arrastra una molestia crónica desde hace meses.

La segunda propiedad es la resistencia, y acá viene un dato que siempre sorprende: el agua ofrece hasta setecientas veces más resistencia que el aire. Eso significa que cualquier movimiento, por mínimo que sea, se vuelve un trabajo muscular, sin necesidad de pesas, bandas ni máquinas. La tercera es la presión hidrostática, esa fuerza que el agua ejerce sobre el cuerpo sumergido y que puede ayudar a reducir la hinchazón de los tejidos blandos, sobre todo en piernas y tobillos. Y la cuarta, que no es menor, es la temperatura: cuando el agua está tibia, los músculos se relajan, los espasmos ceden y el cuerpo se entrega a un estado que en tierra cuesta mucho conseguir. Por eso, acá en la cuenca, los kinesiólogos insisten en que la sesión sea planificada y supervisada, porque cada una de esas propiedades se puede regular según lo que la persona necesite.

“La describimos como una fisioterapia con el aporte de la ingravidez: el trabajo en pileta puede emplearse para fortalecer el tronco y mejorar el equilibrio antes de avanzar hacia ejercicios en tierra.”Jenea Smith, fisioterapeuta de la Universidad de Missouri

Esa descripción, que pertenece a la fisioterapeuta Jenea Smith, de la Universidad de Missouri, nos sirve a nosotros para ordenar la cabeza: la terapia acuática no reemplaza al tratamiento médico ni al trabajo en tierra, sino que lo precede, lo complementa y muchas veces lo potencia. Las personas ingresan a la pileta evaluadas por un profesional, que diseña una sesión con ejercicios de movilidad articular, trabajo de piernas y brazos, práctica de equilibrio y ejercicios de marcha. No hace falta saber nadar, porque las sesiones suelen hacerse en piletas de poca profundidad, donde los pies tocan el fondo y la cabeza queda siempre por encima del agua.

Para qué cuadros se indica

Ahora bien, ¿en qué casos un médico o un kinesiólogo suelen indicar hidroterapia? El espectro es amplio y va desde lo osteoarticular hasta lo neurológico. Entre los motivos más frecuentes aparecen la artritis y la osteoartritis, que inflaman y rigidizan las articulaciones; las lesiones de rodilla, cadera, tobillo, hombro, cuello y zona lumbar; el dolor crónico, sobre todo el que ya lleva meses y se volvió un compañero de ruta; la fibromialgia, donde el agua tibia ayuda a relajar músculos contracturados; las hernias discales y la estenosis espinal, donde la descarga del peso corporal permite mover la columna sin el castigo habitual. También se la incluye en procesos previos y posteriores a cirugías ortopédicas, como una manera de recuperar movilidad sin forzar la herida ni la prótesis.

En el terreno neurológico, la lista se vuelve especialmente significativa. En la enfermedad de Parkinson, en la esclerosis múltiple y después de un accidente cerebrovascular, el sostén del agua permite practicar coordinación y marcha con un riesgo de caída mucho menor. El paciente puede equivocarse en el paso sin que la equivocación termine en un golpe contra el piso. Esa ventana de error, que en tierra no existe, es terapéutica en sí misma: permite practicar, tropezar y volver a intentar dentro de un entorno controlado, algo clave para recuperar patrones de movimiento perdidos.

Los programas suelen organizarse en ciclos de dos a ocho sesiones, según el cuadro y la respuesta de cada persona, aunque esa frecuencia puede extenderse cuando el equipo tratante lo considera necesario. La idea, vale insistir, no es quedarse eternamente dentro del agua: la pileta es una estación intermedia, un puente hacia el movimiento en tierra. Por eso María Esther, la vecina de Boedo con la que arrancamos esta recorrida, sale del agua cada martes con la rodilla menos inflamada, los músculos más sueltos y una sonrisa que ya no es de desconfianza sino de expectativa. Acá en la cuenca, donde el calor del asfalto castiga las articulaciones de los grandes, esa diferencia se nota en la calle, en la verdulería, en la esquina, y se mide en pasos que antes no se daban.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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