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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El silencio de los fuertes: cómo el que siempre escucha puede terminar a los 60 sin nadie que lo escuche a él

La psicología clínica advierte sobre un perfil paradojal: personas competentes, activas y queridas que, llegada la madurez, descubren que gran parte de sus vínculos se sostenían en lo que daban y no en lo que recibían. Especialistas explican por qué ocurre y qué se puede hacer para revertirlo a tiempo.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 1 h
El silencio de los fuertes: cómo el que siempre escucha puede terminar a los 60 sin nadie que lo escuche a él

De la cocina de casa sale un aroma a café con leche que todavía se mezcla con el ruido de los cubiertos sobre la mesa. Mi madre, Gloria, 58 años, lava los platos mientras me cuenta, como si fuera un parte meteorológico, que ayer a la noche la llamó su hermana para que la ayude con un trámite en la AFIP, que su hijo del medio le pidió plata para la cuota del colegio, que la vecina del PH de al lado le dejó a la nena porque se le complicó la tarde. «Yo siempre estoy», me dice mientras seca la olla con un repasador viejo. «Lo que me cuesta es entender por qué a mí nadie me pregunta cómo estoy.» Esa frase, que se repite en muchas cocinas del país, es la pista que la psicología clínica viene siguiendo hace años para explicar por qué tantas personas que fueron el sostén de todos llegan a los sesenta en una soledad que no se nota desde afuera pero que pesa como una losa desde adentro.

Acá en la cuenca del Plata, cuando uno repasa nombres propios de la vida cotidiana —la tía que organiza los asados, el amigo que resuelve los problemas de todos, la vecina que cocina para el edificio entero—, el patrón aparece con una nitidez casi molesta. Son personas socialmente activas, queridas, elogiadas por su competencia. Sin embargo, llegada la madurez, descubren que buena parte de sus vínculos fueron funcionales: servían para algo, daban algo, gestionaban algo. Y nosotros, el entorno, nos acostumbramos a verlas más como un recurso que como alguien con necesidades propias.

El cuidado compulsivo, un invento de identidad

Los especialistas lo denominan «cuidado compulsivo»: la construcción de una identidad entera alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. Quien ocupa ese rol escucha, aconseja, media, paga, lleva, trae. Lo hace con gusto al principio, después por costumbre, y más adelante porque ya no sabe ser de otra manera. La escucha que presta rara vez le vuelve devuelta, y con el correr de las décadas esa asimetría se naturaliza dentro del grupo familiar y de amigos. La persona fuerte «no necesita ayuda», simplemente está ahí para darla.

Lo más delicado del mecanismo es que se vuelve visible recién cuando cambia el contexto. Una salida del mercado laboral, una separación, la muerte de un padre o de una madre, una mudanza, bastan para sacar a la luz que muchos de esos vínculos dependían de la utilidad funcional: el acceso a una experiencia, a un contacto, a una capacidad de gestión que ahora ya no está al alcance. Cuando la utilidad se cae, la red se afina. Y lo que queda es un sillón vacío en una cocina que antes siempre tuvo visitas.

Lo que dice la evidencia y lo que pasa en la mesa familiar

Investigaciones de dinámica de grupos humanos, entre ellas las realizadas en el MIT, confirman lo que la consulta clínica repite: los lazos construidos casi exclusivamente sobre la función colapsan cuando el contexto cambia. La reciprocidad, en cambio, sostiene vínculos que sobreviven a jubilaciones, mudanzas y reordenamientos de etapa. La conclusión no es dejar de cuidar a nadie —la mayoría de quienes ejercen este rol no querría soltar ese lugar ni loco—, sino habilitar el ida y vuelta.

Para eso hay dos movimientos bien concretos que propone la psicología clínica:

  • Comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, aunque la incomodidad inicial sea grande.
  • Revisar qué vínculos se sostienen sólo por la utilidad que uno aporta y qué vínculos quedarían igual aunque uno dejara de ser útil.
  • Trabajar la dificultad de pedir ayuda, que muchas veces se vive como una amenaza a la autoestima construida durante décadas.
  • Reconocer a tiempo el patrón, porque cuanto antes se lo vea, más años quedan para tejer relaciones de intercambio genuino antes de la jubilación o de los grandes cambios de etapa.

A Gloria, mi madre, le dije mientras me servía un segundo café que lo que ella hace por los demás también es un trabajo, sólo que no le pagan en figuritas de La Salada sino en cariño descuidado. Se río, pero del tipo de risa que uno suelta cuando le nombran algo que viene esquivando hace rato. Sirvió el segundo café con la misma mano con la que seca el repasador. Acá, en la cocina, mientras el agua del termo todavía está caliente, queda flotando una pregunta que vale para todos nosotros: si el que siempre está para los demás termina a los sesenta sin nadie que esté para él, no es porque le faltó gente, sino porque nunca le enseñamos —ni él se permitió— que pedir también es una forma de estar.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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