La cocina de Silvia, la nota pendiente y la herencia silenciosa que nunca se pide pero siempre se cobra
Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, propone revisar los mandatos familiares que sobreviven a la infancia y aprender a separar la responsabilidad propia del peso de las expectativas ajenas.
Acá en la cuenca, una vez más, la cocina de Silvia —54 años, tres hijos criados entre General Roca y Neuquén— se vuelve el escenario donde empiezan las grandes preguntas. Mientras revuelve una cazuela con restos del guiso del domingo, me dice algo que resume una conversación que tuve esta semana con la psicóloga Cynthia Wila: "Yo nunca les grité nada, y sin embargo mi hija me cuenta que carga con cosas que yo ni sé que le dejé". Esa imagen, la de una madre cariñosa que descubre haber transmitido un peso sin proponérselo, es exactamente el punto de partida del ensayo La culpa (Paidós), donde Wila pone bajo la lupa las expectativas familiares y la manera silenciosa en que se vuelven culpa.
La autora sostiene que las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos pueden incluir proyectos que ellos mismos no llegaron a concretar. Cuando esas metas se trasladan a los chicos, aparece una demanda que, desde su mirada, resulta imposible de satisfacer: cumplir con los deseos pendientes de otra persona. No hace falta que nadie levante la voz. A veces alcanza con un pedido expresado con cariño para que se abra la inquietud constante de saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación.
El mandato que viaja en los gestos
Wila advierte que esas exigencias suelen quedar asociadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten. Por eso las decisiones —estudiar esta carrera, quedarse en este pueblo, elegir esta pareja— pueden quedar condicionadas por un temor que se hereda sin que nadie lo escriba en ningún lugar. La psicóloga distingue, además, entre las normas que ayudan a convivir (como los límites a la agresividad) y los mandatos que restringen las elecciones personales. Son cosas muy distintas, aunque a veces se confundan en la misma frase dicha en la mesa, mientras se sirve el mate.
- Las expectativas familiares pueden operar como mandatos silenciosos transmitidos con afecto.
- La búsqueda de aprobación puede provocar angustia y culpa, incluso sin gritos ni reproches explícitos.
- Las voces y juicios de la infancia pueden incorporarse como reproches propios en la adultez.
- Revisar qué se le reprocha cada uno es el primer paso para distinguir responsabilidad de autorreproche.
“Preguntarse qué responsabilidad tenemos en aquello que nos reprochamos es una manera de empezar a desarmar la culpa cotidiana.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de La culpa (Paidós)
Wila aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona. Por eso habla de recorridos atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas, y no de recetas universales. Frente a ese mecanismo, la especialista propone detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos. El eje de su planteo es revisar de qué se acusa cada uno, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí mismo. Nosotros, que crecimos escuchando que "lo importante es la familia", solemos confundir ese amor con un examen permanente: una nota pendiente que nadie firma y que, sin embargo, seguimos rindiendo sin saber quién la tomó.
Antes de irme de la cocina de Silvia, ella me mira y me dice, mientras seca la olla: "Capaz que lo que tengo que hacer es preguntarle a mi hija qué siente, en vez de esperar que ella adivine lo que yo quiero". Es esa misma mudanza —de la exigencia heredada a la pregunta abierta— la que Wila propone como ejercicio cotidiano. Acá en la, la propuesta vuelve a empezar por algo enorme y chico a la vez: animarnos a revisar, con honestidad y sin culpa previa, qué nos quedó mandado y qué, ahora adultos, queremos soltar.
