Semaglutida y tirzepatida: la palabra de una especialista del Clínicas sobre cómo se usan y qué controles piden
La jefa de Nutrición Clínica del Hospital de Clínicas de la UBA, Pilar Quevedo, explicó que estos medicamentos reproducen señales del intestino vinculadas al hambre y la saciedad, y que su uso debe ir acompañado de alimentación, ejercicio, descanso y seguimiento profesional para preservar la masa muscular y sostener el descenso de peso en el tiempo.
Empiezo esta nota como tantas otras veces, parado en la esquina de casa, con el termo en la mano y la duda de un vecino dando vueltas. Me preguntaron estos días si las famosas inyecciones para bajar de peso sirven, si son mágicas, si reemplazan la milanesa del domingo. Y la respuesta, como casi todo en medicina, no cabe en un audio de WhatsApp. Por eso fui a buscar a quien sabe: Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, que nos abrió el consultorio para explicar cómo actúan realmente la semaglutida y la tirzepatida, dos medicamentos que dejaron de ser novedad y empezaron a ser tema de mesa familiar acá en la cuenca.
Qué hacen en el cuerpo y por qué no son un atajo
Quevedo aclara, con tono sereno, que estas drogas no inventan nada: reproducen señales que el intestino genera de manera natural y que dialogan con el cerebro, el estómago y el páncreas. La semaglutida actúa sobre un receptor puntual, en tanto la tirzepatida interviene sobre dos vías complementarias. El resultado, traducido a la lengua de la cocina, es que bajan el ruido del hambre y ayudan a sentirse satisfecho con menos comida. Algo que Marta, 52 años, me contaba el otro día mientras hervía el mate cocido: «Yo antes comía y quedaba como si nada, ahora me sirvo el plato y a la mitad ya estoy llena».
Cómo es el seguimiento médico que recomiendan
La especialista fue tajante: acá no se compra por internet y se pincha solo. El proceso arranca con una evaluación clínica completa y sigue con controles periódicos durante todo el tratamiento. La dosis se sube de a poco, en lo que los médicos llaman titulación, y se ajusta según cómo responde cada paciente. No es un trámite administrativo: es leer el cuerpo en tiempo real.
- Observar la respuesta al medicamento y los posibles efectos adversos.
- Medir cambios en la composición corporal: bajar grasa y cuidar el músculo.
- Sumar actividad física, idealmente combinando fuerza y ejercicio cardiovascular.
- Revisar alimentación, hidratación, descanso y entorno familiar y laboral.
- Evaluar a largo plazo si el descenso de peso se mantiene y cómo se sostiene.
El hambre no es un capricho y el cuerpo defiende lo que perdió
Quevedo recordó que en el consultorio aparecen una y otra vez los mismos relatos: hambre intensa, dificultad para sentirse satisfecho, picoteo entre comidas. Eso, dijo, forma parte de una enfermedad multifactorial y no se explica solo con voluntad. Hay un dato que suele caer como baldazo de agua fría: cuando uno adelgaza, el organismo tiende a recuperar lo perdido. Estos medicamentos también sirven para sostener el descenso mientras se los usa bajo indicación profesional. Al suspenderlos, puede haber rebote, sobre todo si no existe una estrategia integral que acompañe. Por eso la médica insiste en que la indicación debe ser personalizada, con tiempo y con equipo.
Vuelvo a la esquina del principio, con el termo ya frío. Si te quedaste con ganas de charlarlo con tu médica o tu médico de cabecera, llevá esta nota: la herramienta existe, funciona y tiene evidencia, pero no hace sola. Como dice Pilar Quevedo, y como repite mi vecina Marta mientras revuelve el guiso, bajar de peso de verdad es un trabajo de todos los días, con ciencia al lado y la mesa compartida.
