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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La Conciergerie: la antesala de la guillotina donde María Antonieta pasó sus últimas horas

En la Île de la Cité, a orillas del Sena, el palacio que fue residencia real, cárcel revolucionaria y museo recorre casi ocho siglos de historia de Francia. Hoy se visita por trece euros y, cada primer domingo del mes, sin pagar.

Por Bruno YutronichTurismo y glaciares · · hace 3 d
La Conciergerie: la antesala de la guillotina donde María Antonieta pasó sus últimas horas

A unos trece mil kilómetros del aeropuerto de El Calafate, en pleno corazón de París, sobre el muelle del Reloj y la explanada del Palacio de Justicia, en el primer arrondissement, se levanta uno de los edificios más antiguos y más cargados de historia de toda Francia: la Conciergerie. El turista que cruza el puente al Change o el puente Nuevo y levanta la vista hacia la ribera del Sena se encuentra con una fachada de piedra gris coronada por torres macizas, ventanas ojivales y un reloj monumental, y rara vez imagina que ese palacio medieval funcionó como cárcel, como tribunal y como la antesala directa de la guillotina durante los años más violentos de la Revolución Francesa.

De palacio real a sede administrativa

El origen del edificio se remonta al siglo XIII, cuando el rey Felipe IV, conocido como Felipe el Hermoso, que gobernó entre 1285 y 1314, convirtió el antiguo Palacio de la Cité en sede del archivo real e impulsó la construcción de las grandes salas góticas que todavía se conservan. En aquel momento, la construcción en piedra reemplazó a las viejas estructuras de madera y se levantaron los tres niveles de galerías que aún hoy sorprenden a los visitantes, con sus bóvedas de crucería y sus columnas esbeltas. Durante décadas fue la primera residencia oficial de los reyes de Francia en París, hasta que hacia el siglo XV la monarquía se mudó al otro lado del Sena, al palacio del Louvre, y dejó en el lugar funciones administrativas y judiciales. El soberano designó entonces a un conde para que se ocupara del edificio, y de ese cargo derivó el nombre con el que se lo conoce hasta hoy: la Conciergerie.

Cárcel de reyes,arios y envenenadoras

En los siglos siguientes, el palacio se transformó en una de las prisiones más temidas de París. Por sus celdas pasaron presos célebres: el conde de Montgomery en 1574, el asesino de Enrique IV Ravaillac en 1610, la envenenadora marquesa de Brinvilliers en 1676 y el ladrón Cartouche en 1721, entre muchos otros. Las guías del museo suelen relatar que, según los registros históricos, las condiciones sanitarias eran tan precarias que unos seiscientos prisioneros llegaron a morir hacinados antes siquiera de ser juzgados. El dato contextualiza el tono sombrío del recorrido: la humedad del Sena se filtra por los muros, la temperatura interior ronda los doce grados incluso en pleno agosto, y en invierno la piedra transmite un frío que, según cuentan los guías, se parece mucho al que debieron soportar los detenidos.

El período del Terror y el capítulo de María Antonieta

La Revolución Francesa le dio al edificio su capítulo más recordado. A partir de 1793, con la llamada ley de sospechosos, los detenidos de toda la ciudad fueron trasladados allí para ser juzgados por el tribunal revolucionario, y el lugar fue apodado la antesala de la muerte. Incluso dos figuras centrales de la Revolución, Danton y Robespierre, pasaron por sus celdas; este último fue ejecutado sin juicio previo en julio de 1794. Pero la prisionera más famosa fue, sin duda, María Antonieta. En agosto de 1793 fue traslada desde la prisión del Temple a la Conciergerie, donde permaneció más de dos meses en una celda especialmente vigilada. En octubre de ese año fue condenada por alta traición, trasladada a la plaza de la Revolución —hoy plaza de la Concordia— y ejecutada en la guillotina. La celda donde vivió sus últimas horas fue transformada décadas después en una pequeña capilla, que hoy puede visitarse, y el museo conserva además algunos de sus objetos personales, entre ellos un libro de oraciones y una carta.

  • Recorrer la sala de los Guardias, con sus tres naves góticas de casi diez metros de altura y una superficie equivalente a dos canchas de tenis.
  • Visitar la capilla expiatoria construida en el lugar que ocupaba la celda de María Antonieta, erigida por orden de Luis XVIII en 1815.
  • Atravesar la sala del Tribunal Revolucionario, donde se dictaron miles de sentencias de muerte entre 1793 y 1794.
  • Ver la exposición dedicada a los presos ilustres, con objetos personales y reproducciones de documentos de la época.
  • Subir a la torre del Reloj, que alberga el primer reloj público de París, instalado en 1370.

Hoy la Conciergerie funciona como museo y está declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO como parte del conjunto del Sena parisino. La entrada general cuesta trece euros, hay tarifas reducidas y el acceso es gratuito el primer domingo de cada mes, un detalle que conviene tener en cuenta porque, según relatan los guías, ese día la cola puede superar las dos horas incluso en temporada baja. Mi recomendación, si se piensa viajar desde la Argentina, es combinar la visita con un recorrido por la Sainte-Chapelle, que se encuentra en el mismo complejo y suele sorprender a los argentinos por sus vitrales góticos de más de seiscientos años. Para la temporada invernal europea, que va de noviembre a marzo, conviene llevar abrigo grueso, bufanda y calzado impermeable: la piedra del edificio y la humedad del Sena hacen que la sensación térmica dentro del palacio sea hasta cinco grados inferior a la que marca el termómetro en la calle. Quien se anime a visitarlo en pleno julio parisino, en cambio, agradecerá llevar un liviano impermeable: las lluvias son frecuentes y dentro del museo no hay calefacción en los pasillos.

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Bruno YutronichTurismo y glaciares

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