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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La mano que alcanza: por qué el contacto físico puede aliviar el miedo y la ansiedad

La neurocientífica Paula Salamone explica cómo un gesto tan simple como tomar la mano de alguien puede modificar las respuestas del cuerpo al estrés, qué diferencia hay con el autocontacto y por qué la cultura marca hasta dónde nos acercamos.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 21 d
La mano que alcanza: por qué el contacto físico puede aliviar el miedo y la ansiedad

Son las ocho de la mañana en una cocina de Buenos Aires y el termómetro todavía no termina de acomodarse. Sirvo el mate, me siento en la mesa de siempre y, mientras espero que la pava vuelva a cantar, pienso en cuántas veces, sin pensarlo, estiré la mano para que alguien se quedara tranquilo. Acá en la cuenca del Plata, donde uno se cruza con un beso en la mejilla antes de que amanezca, el cuerpo suele hablar antes que las palabras. Por eso, cuando la ciencia empieza a confirmar algo que ya intuíamos en la mesa familiar —que tomar una mano, abrazar o acariciar puede cambiar lo que sentimos—, uno se queda quieto y escucha. Esa es, justamente, la línea que viene explorando Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, y de la que nos habla con una claridad que parece sacada de la sala de una casa, no de un laboratorio.

Por qué una caricia puede cambiar lo que pasa adentro del cuerpo

Para entenderlo hay que mirar lo que pasa entre la piel y el cerebro. Salamone, que investiga cómo se relacionan los estímulos táctiles con la actividad cerebral, la médula espinal y el resto del organismo, lo resume así: cuando alguien siente miedo o angustia y otra persona lo toca —le toma la mano, lo abraza, le pasa la palma por la espalda—, ese contacto no queda en la superficie. Entra por los receptores de la piel, sube por la médula y termina modificando reacciones fisiológicas que tienen que ver con el estrés y la relajación. No es magia ni es poesía: es un camino nervioso que, según los estudios que ella cita, puede disminuir la ansiedad y ayudar a regular las emociones.

“El caso más estudiado, nos cuenta, es el de los chicos que toman la mano de un adulto en un momento de temor. Esa imagen, que todos vimos alguna vez en una salita de espera o en la puerta de un colegio, aparece una y otra vez en las investigaciones porque permite ver, con bastante claridad, cómo el contacto modifica lo que el cuerpo está sintiendo.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas

Uno mismo o el otro: por qué no es lo mismo tocarse que ser tocado

Ahora bien, todos usamos el cuerpo para calmarnos. Nos acariciamos el pelo, nos pasamos la mano por la barba, nos frotamos el cuello cuando algo nos incomoda. Eso, explica Salamone, también es una manera de regular lo que sentimos. Pero la respuesta no es la misma cuando el contacto viene de afuera. El cerebro distingue entre las acciones que uno mismo genera y los estímulos que llegan desde otra persona, y esa diferencia cambia el efecto. Para graficarlo, la especialista apela a las cosquillas: si uno intenta provocárselas, anticipa dónde, cuándo y cómo va a ser el contacto, y esa previsión le saca sorpresa y fuerza a la sensación. Cuando las hace otro, queda un componente de incertidumbre que vuelve todo más intenso. Las cosquillas, además, forman parte del juego y del ida y vuelta social, lo que las convierte en un pequeño laboratorio del contacto entre cuerpos.

La cultura también marca a cuántos metros nos paramos

Si el cuerpo habla, lo hace en muchos idiomas. Salamone recuerda que, durante su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia era lo más normal del mundo, una distancia que a nosotros, los del Río de la Plata, nos dejaría gritando al otro lado de la vereda. Esa diferencia, aclara, no significa que haya emociones distintas: significa que hay otras maneras de expresarlas y de vincularse. La cultura marca hasta dónde nos acercamos, cuánto duran los abrazos y en qué momento una mano en el hombro es un saludo o una intromisión. Entender eso, dice la especialista, también es entender por qué el contacto puede sentirse como un alivio o como una invasión según dónde nos hayamos criado.

Vuelvo a la cocina, donde el mate ya se está enfriando y mi vecina Gladys, de 58 años, me pregunta desde la ventana si quiero un bizcochuelo. Le digo que sí, por supuesto. Pienso en que este artículo empezó hablando de una mano que se estira para acompañar a alguien y termina, otra vez, en una mano que pasa un plato por encima del alambrado. Para nosotros, el contacto nunca fue un accesorio: es la manera que tenemos de decir lo que a veces las palabras no alcanzan. Y si la neurociencia lo confirma con sus estudios y sus papers, mejor todavía: que la ciencia nos cuente por qué funciona algo que Gladys y yo ya sabemos desde hace rato.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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