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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La momia de 1999: cuando Brendan Fraser y Rachel Weisz desenterraron una trilogía que todavía da que hablar

A más de dos décadas de su estreno, la película de Stephen Sommers sigue siendo la aventura con la que muchos argentinos descubrieron a un monstruo clásico de Universal reconvertido en blockbuster. Un repaso por la génesis de la saga y por qué su mezcla de acción, terror y romance la volvió un clásico de los videoclubs del conurbano.

Por Ramón VeraCultura y espectáculos · · hace 10 d
La momia de 1999: cuando Brendan Fraser y Rachel Weisz desenterraron una trilogía que todavía da que hablar

Yo vi La momia por primera vez en un VHS que mi viejo trajo del centro, cuando todavía existed en videoclub en cada esquina de Avellaneda. Era un sábado a la tarde, llovía, y la pantalla chica del living se llenó de arena, maldiciones y una mujer que se quejaba de todo mientras corría por unas ruinas que parecían más grandes que toda la provincia de Buenos Aires juntas. Aquello me marcó, y a esta altura creo que me marcó a toda una generación que ahora tiene entre cuarenta y sesenta años y que sigue tarareando la banda de sonido sin darse cuenta. Por eso me parece que vale la pena volver sobre esta película, pensada en 1999 por Stephen Sommers como una aventura bien clásica pero con la velocidad que el público de fin de siglo ya estaba pidiendo a gritos.

Lo primero que hay que decir es que Sommers no se mandó ninguna genialidad intelectual, ni falta que le hacía. Fue a buscar al monstruo clásico de la Universal, ese que en los años treinta le había dado pesadillas a varias generaciones, y lo metió adentro de una película que parecía la hija dilecta de Indiana Jones. Brendan Fraser como Rick O'Connell, eseaventurero con cara de bueno que siempre parece que se está riendo aunque le estén por clavar un cuchillo, y Rachel Weisz como Evelyn Carnahan, la egiptóloga despistada y querible que se tropieza con todo pero a la vez descifra jeroglíficos como si estuviera leyendo el diario del domingo. Los dos llevan adelante una historia que arranca con una expedición a Hamunaptra, la mítica ciudad de los muertos, y termina con un sacerdote maldito llamado Imhotep volviendo a la vida para hacer de las suyas.

El desierto como personaje

Antes de que aparezca la momia, antes de que arranque la acción, hay que detenerse en la parte visual, porque la película te tira a la cara un despliegue de arenas, palmeras y tumbas que en el noventa y nueve era una rareza. Sommers rodó buena parte en Marruecos y construyó decorados enormes que hoy, vistos con ojos del dos mil veinticinco, conservan una dignidad artesanal que ya casi no se ve. Las dunas, los pasadizos y los templos derrumbados funcionan como un personaje más. Yo siempre digo que el verdadero protagonista de La momia, más allá de Fraser y de Weisz, es ese desierto que parece moverse solo, que se traga a los exploradores y que devuelve cosas que era mejor no haber ido a buscar.

El conflicto central es bien simple y por eso funciona tan bien. Un grupo encabezado por Evelyn y su hermano Jonathan, con Rick a la fuerza porque es el único que sabe llegar a Hamunaptra, abre la tumba de Imhotep, un sacerdote al que habían enterrado vivo con una maldición encima. Cuando los vivos se mandan la torpeza de leer el manual de instrucciones equivocado, Imhotep vuelve a la vida, y a partir de ahí lo que era una búsqueda arqueológica se transforma en una carrera por sobrevivir y, sobre todo, por evitar que el mundo entero pague las consecuencias de la negligencia ajena. La momia, entonces, mezcla terror, acción y romance en partes iguales, sin que ningún género avasalle al otro, y esa es probablemente la razón por la que tantos la recordamos con cariño.

Las dos caras de la pareja

La química entre Fraser y Weisz es de esas cosas que o salen o no salen, y acá salió. Él es todo físico, cara de tonto simpático y un timing que muchas veces se entiende más con la mueca que con el diálogo. Ella es cerebro, torpeza elegante y esa manera de quejarse por todo que termina siendo más graciosa que los propios chistes. Sommers los puso a discutir desde el primer minuto y los fue acercando de a poco, con un romance que no es ñoño ni forzado, sino que va creciendo al ritmo de los sustos y las peleas. A esta altura, viendo la película en perspectiva, uno entiende que esa pareja central fue el verdadero hallazgo de la trilogía, más allá de la momia en sí.

El villano tampoco se queda atrás. Imhotep, interpretado por Arnold Vosloo con una intensidad que a mí siempre me pareció admirable, es un monstruo hecho de vendajes, piel verdosa y una mirada que mete miedo de verdad. Sommers entendió que para que la aventura funcione hacía falta un malo con peso, y Vosloo le dio ese peso. Cada vez que Imhotep se viene con todo, la película sube la apuesta y se nota por qué terminó dando pie a dos continuaciones.

Una trilogía que arrancó en el noventa y nueve

  • La momia (1999), la entrega original dirigida por Stephen Sommers, con Brendan Fraser y Rachel Weisz como Rick O'Connell y Evelyn Carnahan.
  • El regreso de la momia (2001), la segunda parte, también con Sommers en la dirección y con el mismo elenco central, donde la acción se muda a Londres y la amenaza sobrenatural se vuelve más grande.
  • La momia: La tumba del emperador Dragón (2008), el cierre de la trilogía, con la dirección de Rob Cohen y el ingreso de Jet Li como el emperador maldito, ya sin Rachel Weisz en el rol de Evelyn.

La segunda entrega, El regreso de la momia, llevó la acción al Londres de los años treinta y repitió la fórmula con resultados más que aceptables, con escenas de acción en un museo que en su momento parecieron el non plus ultra de los efectos. La tercera, La tumba del emperador Dragón, fue la más floja de las tres, y se nota. Sin Weisz, que fue reemplazada por Maria Bello, y con Sommers afuera de la dirección, la película perdió parte de su alma y apostó todo a la espectacularidad china, que está muy bien mirarla pero no alcanza para sostener una saga. Igual, vista hoy, sigue siendo un entretenimiento honesto de una noche de sábado, de esas que uno se da cuando quiere apagar el cerebro y dejar que el sillón haga el resto.

Lo que me parece interesante, mirándolo en frío, es que La momia del noventa y nueve recuperó a un monstruo clásico y lo puso a hablar en un idioma nuevo. Tomó lo mejor del cine de aventuras estilo Indiana Jones, le metió humor, un romance que funciona, un villano con peso y un despliegue de producción que en su momento era raro ver. Por eso se ganó un lugar en la memoria de gente como yo, que la vio en el living de casa con una coca en la mano y un paquetito de garrapiñadas al lado, y que cada tanto, cuando la pasan por la tele, se queda mirándola como si fuera la primera vez. Las trilogías pasan, los videoclubs desaparecieron, pero esa momia sigue ahí, esperando a que alguien vuelva a abrir la tumba equivocada.

“La momia no es una gran película en el sentido de los Oscars, ni falta que le hace. Es un blockbuster hecho con oficio, cariño y una buena cuota de arena en los dientes, y justamente por eso se ganó el derecho a ser revisitada una y otra vez.”Ramón Vera
RV
Ramón VeraCultura y espectáculos

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