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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Por qué bajar de peso no es solo cuestión de fuerza de voluntad: lo que la cabeza tiene que ver en el plato

Genética, estrés, cansancio y emociones se cruzan a la hora de sostener un plan. Un metaanálisis de 37 estudios y la Organización Mundial de la Salud coinciden en que la atención tiene que ser integral, y que el acompañamiento psicológico mejora los resultados a largo plazo.

Por Griselda MuñozSociedad y vida · · hace 4 d
Por qué bajar de peso no es solo cuestión de fuerza de voluntad: lo que la cabeza tiene que ver en el plato

Acomodate en la silla y escuchame, que esto vale la pena de entrada. Son las siete y pico de la tarde y acá, en la cuenca, la cocina ya viene oliendo a cebolla dorada. María Ester, mi vecina de 54 años, está revolviendo un guiso mientras me cuenta, con esa honestidad que tienen las mujeres que criaron hijos y nietos, que lleva tres años intentando sacarse esos kilitos de más que le quedaron como souvenir de la menopausia. «Hago la dieta, camino, bajo dos kilos, y a la semana se me van», me dice mientras prueba la sal. Lo que María Ester todavía no sabe —o tal vez intuye— es que lo que le pasa no es un problema de voluntad: es un problema mucho más complejo, en el que la cabeza pesa tanto como el plato.

El peso no se explica solo con calorías

Estatus de un metaanálisis reciente, publicado en Obesity Reviews, que revisó 37 estudios —incluidos 21 ensayos clínicos aleatorizados— y concluyó que las intervenciones psicológicas dan mejores resultados que los abordajes convencionales o mínimos a la hora de manejar el peso. Lo más interesante: la terapia de aceptación y compromiso fue la que mostró evidencia más sólida de eficacia en los seguimientos que superan los 18 meses. Es decir, no estamos hablando de un capricho terapéutico, sino de lo que mejor funciona en el tiempo.

Nosotros tendemos a pensar que bajar de peso es una cuenta simple: comer menos y moverse más. Pero la realidad es bastante más enredada. El descanso, el hambre, el estado de ánimo, el nivel de estrés, la carga genética y hasta el barrio donde uno vive influyen en cómo nos vinculamos con la comida y en si somos capaces —o no— de sostener un cambio a largo plazo. Cuando un tratamiento se reduce a una planilla con porciones y una caminata de cuarenta minutos, sin mirar lo emocional y lo conductual, los resultados suelen ser tan efímeros como el entusiasmo del primer mes.

Lo que dice la Organización Mundial de la Salud

La propia OMS viene marcando este tema desde hace rato. El organismo sostiene que la obesidad surge de la interacción entre una susceptibilidad biológica y un montón de factores ambientales y psicosociales que nos van moldeando desde chicos. Y por eso habla de una atención multimodal: una que integre intervenciones conductuales, nutricionales, psicológicas y médicas, adaptadas a lo que cada persona necesita. No es una opción estética, es una recomendación sanitaria.

  • La terapia de aceptación y compromiso mostró la evidencia más consistente de eficacia más allá de los 18 meses, según el metaanálisis publicado en Obesity Reviews.
  • La OMS recomienda un abordaje que combine lo conductual, lo nutricional, lo psicológico y lo médico, según las necesidades de cada persona.
  • Ciertas variantes genéticas influyen en cómo el cerebro regula el hambre y la saciedad, y otras en la forma en que el cuerpo usa y almacena la energía.
  • El cansancio y el estado emocional afectan la capacidad de sostener decisiones vinculadas con la alimentación.
  • Una respuesta rígida ante un desvío del plan puede generar la sensación de haber perdido el control por completo y derivar en desinhibición alimentaria.
  • La Sociedad Europea de Cardiología plantea que el tratamiento de la obesidad requiere un abordaje prolongado y personalizado.

Y acá viene uno de los puntos que más me interesa marcar, porque María Ester lo vive en carne propia cada lunes, cuando empieza la semana con toda la onda y el viernes termina comiéndose una tableta de chocolate entero sintiéndose una fracasada. Lo que la psicología llama «comer de forma desinhibida» suele aparecer después de un episodio en el que nos salimos del plan. Si la respuesta es rígida —«ya la cagué, no tiene sentido seguir»—, aparece esa sensación de pérdida total de control que muchas veces termina en un atracón. Si la respuesta es flexible —«me pasé, bueno, soy humana, mañana sigo»—, el episodio se ve como lo que es: un tropezón, no el fin del camino.

La genética también pone su firma

No todos los cuerpos responden igual a un mismo plan. Hay variantes genéticas que influyen en los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad, y otras que participan en el metabolismo, es decir, en cómo el organismo usa y guarda lo que comemos. Por eso dos vecinas pueden hacer la misma dieta y terminar con resultados distintos: no es que una sea más vaga que la otra, es que el punto de partida no es el mismo. La Sociedad Europea de Cardiología, por su parte, viene planteando que el tratamiento de la obesidad requiere un abordaje prolongado que combine alimentación, actividad física y trabajo psicológico, orientado a cada persona y desarrollado en el tiempo.

María Ester me mira por encima de la olla y me pregunta si esto quiere decir que lo que ella necesita es un psicólogo. Le digo que lo que necesita, como casi todos nosotros, es un equipo que la mire entera: cuerpo, emociones, historia y contexto. Que vaya al nutricionista, sí, pero también consulte con un profesional de la salud mental. Que no se culpe cada vez que el peso se le va, porque sostener un cambio no es una línea recta, es una escalera con descansos. Y que el apoyo psicológico no es un lujo ni un parche: es, según la evidencia más reciente, una de las piezas que mejor ayuda a que el esfuerzo de toda esa semana valga la pena.

GM
Griselda MuñozSociedad y vida

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