De la cocina de Neuquén a Caracas: la promesa de un voluntario que cargó cenizas hasta entregarlas
Juan Diego Lorente cumplió el último deseo de un venezolano que estuvo internado más de un año en un hospital neuquino y, sin escalas, viajó hasta Venezuela para sumarse como voluntario tras el terremoto.
Me lo imagino a Juan Diego Lorente sirviendo un café en la cocina de su casa, con el mapa mental ya hecho y la mochila todavía sin armar. Porque la historia que le toca contar empieza con una promesa y termina, por ahora, en una plaza de Caracas donde la luz de los focos sigue encendida hasta la medianoche. Acá en la cuenca del Comahue, donde uno cree que las noticias grandes pasan lejos, esta vez el mundo entró por la puerta de un hospital y se fue por la puerta de un aeropuerto, sin escalas.
416 días en una cama del Hospital Provincial
Néstor Tovar Ibarra era venezolano y vivía en Neuquén. Una caída le cambió la vida: lesión medular, silla de ruedas, hospital. Fueron 416 días internado en el Hospital Provincial Neuquén, atendido por el equipo de Traumatología y acompañado por compatriotas suyos y por voluntarios de la filial local de Cruz Roja. En ese tiempo le diagnosticaron también un cáncer de próstata. Néstor murió lejos de los suyos, con un único pedido en boca: que sus cenizas llegaran hasta su hermano Adrián, que reside en Perú.
La frase se la acercó Marta, una vecina del barrio que sigue de cerca las historias del hospital y que me insiste cada vez que nos cruzamos en la verdulería: "Pibe, hay gente que hace cosas que a uno le devuelven la fe". Tiene 58 años y no sabe lo que es faltar a un cumpleaños ajeno. Cuando le conté lo de Néstor, se quedó callada un rato largo y después dijo: "Menos mal que apareció alguien". Menos mal.
Lorente preside la Filial Neuquén de Cruz Roja Argentina. Coordinó con el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja el traslado de los restos y los entregó en mano a la familia en Perú. Una vez cumplido ese compromiso, en vez de volver a casa, tomó otro avión.
- Trasladó las cenizas de Néstor Tovar Ibarra desde Neuquén hasta Perú y las entregó a su hermano Adrián.
- Con recursos propios y apoyo familiar, viajó a Venezuela para colaborar como voluntario tras el terremoto.
- Cruz Roja Argentina aclaró que no hay misión operativa oficial de personal argentino en Venezuela, aunque envió apoyo material y económico.
La segunda parada: Venezuela, después del terremoto
En Caracas, Lorente recorrió edificios dañados, estructuras colapsadas y barrios golpeados por el sismo. Una noche, cerca de su alojamiento, se topó con una plaza que tiene un gimnasio al aire libre, abierto hasta la medianoche, gratuito y con un profesor presente. Lorente viene del culturismo desde hace años, así que se quedó. Charló con el profesor. Y la charla, como nos pasa a veces acá en la cuenca cuando uno se queda un rato más en la esquina, se fue transformando en otra cosa.
El profesor le contó pérdidas familiares por el terremoto, una separación larga con su madre de 73 años y un lugar marcado por el sismo al que no había podido volver solo, por el peso emocional que le generaba. Lorente le dijo lo que uno dice cuando entiende que el otro necesita un testigo: que lo va a acompañar, que va a estar a su lado cuando intente el reencuentro y cuando se acerque a ese sitio. No es un operativo con equipos ni con plazos oficiales. Es, simplemente, la decisión de un voluntario de quedarse un poco más, en la medida de sus posibilidades, al lado de un desconocido que se abrió en una plaza.
Vuelvo a la cocina del principio, porque siempre vuelvo a la cocina. Pienso en Néstor, que se fue sin volver a Venezuela pero con la promesa de que alguien iba a llevar un pedazo suyo hasta su hermano. Pienso en Juan Diego, que cumplió esa promesa y siguió, sin escalas, hasta donde lo llevó el impulso humanitario. Y pienso en el profesor de la plaza, entrenando a la medianoche en Caracas mientras carga un duelo que todavía no sabe dónde poner. Si algo nos enseña esta historia, a nosotros que muchas veces creemos que las soluciones llegan de arriba, es que a veces llegan a pie, desde una cocina neuquina y en silencio.
