«El problema final»: Coronado se pone la pipa de Holmes para resolver un crimen en una isla aislada
La miniserie de Netflix que adapta a Pérez-Reverte propone un misterio de cuatro capítulosambientado en 1959, con un actor célebre por haber interpretado a Sherlock Holmes como protagonista absoluto. La dirige Félix Viscarret y se sostiene sobre el eco del cine clásico de detectives.
Les soy sincero: cuando me acerqué a «El problema final» lo hice con la curiosidad despistada de quien espera una serie de misterio más, de esas que se olvidan al terminar el crédito final. Pero después de acomodarme en el sillón y dejar correr los cuatro capítulos, entendí que acá había algo distinto, algo que me devolvió la sensación de estar frente a un policial de los de antes, de los que se filmaban en blanco y negro y se miraban con la luz baja y el silencio pedido a los chicos de la casa. La historia, basada en la novela del periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte, no se hace la interesante en ningún momento: arranca con un crimen en una isla que queda incomunicada y, a partir de ahí, deja que el misterio respire como respiran los buenos misterios, con sus silencios, sus sobremesas, sus sospechas que van y vuelven como la marea.
Antes que el espectáculo, vale describir la propuesta. La serie está rodada como si uno estuviera hojeando una novela inglesa de los años cincuenta, con esa luz de estudio que parece salida del celuloide clásico, con gabardinas, sombreros, copas de whisky y conversaciones en salones donde la bruma parece tener peso propio. Hay un esfuerzo consciente, y se nota, por recuperar el lenguaje visual de las películas de detectives de la edad dorada, esas donde el criminal siempre tenía apellido importante y el detective siempre terminaba mirando por la ventana antes de dar el veredicto. Es una elección estética que puede sonar caprichosa pero que funciona, y mucho, cuando uno se entrega al ritmo que propone Félix Viscarret, un director con oficio y con paciencia para dejar que las escenas respiren.
Un Holmes que ya no diceElemental, mi querido Watson
José Coronado se queda con el papel de un actor que alcanzó fama mundial precisamente por haber encarnado a Sherlock Holmes en el cine, y ese pasado del personaje es la puerta de entrada al relato. Lo que más me atrapó es cómo la serie juega con ese conocimiento, con esa mochila que carga el protagonista y que el espectador reconoce desde el primer minuto. Hay un guiño fino, casi secreto, que me hizo sonreír: el apellido del personaje de Coronado alude nada menos que a Basil Rathbone, el actor que durante años fue la cara del detective más famoso del mundo en el cine inglés, y ese tipo de referencias son las que le dan a «El problema final» una capa adicional para quienes gustan de los detectives en pantalla.
El guión, firmado por Alberto Macías, Carlos Molinero y Marisol Farré, no apura nada. La miniserie avanza con la cadencia de las novelas de la edad de oro del género, con tiempos que hoy podrían parecer lentos pero que, en el contexto de esta historia, son exactamente los que necesita para que uno se meta en la cabeza de los personajes y empiece a dudar de todos. Hay humor, por supuesto, un humor seco, muy británico en el tono aunque la historia se quede en una isla que uno intuye británica, y hay diálogos que suenan como si los hubiera escrito alguien que vio muchas veces a Peter Ustinov o a Margaret Rutherford haciendo de detectives aficionados.
La lista de los cuatro capítulos
- Capítulo 1: Un cadáver en la playa y un temporal que corta las comunicaciones con el continente, mientras el protagonista llega a la isla por casualidad.
- Capítulo 2: Las sospechas se reparten entre los pocos habitantes del lugar y empiezan los interrogatorios con café y reproches.
- Capítulo 3: Un segundo hecho reabre la investigación y se cruzan los pasados del actor, del muerto y de los demás.
- Capítulo 4: El desenlace reúne las piezas y deja una última reflexión sobre la fama, el Holmes que ya no interpreta y la vida en la isla.
¿Qué me llevo yo, como espectador que se sienta cada noche frente al televisor esperando algo que valga la pena? Me llevo la rara satisfacción de haberme cruzado con una serie que no le habla en falso al espectador, que no lo subestima, que confía en su capacidad de seguir una investigación complicada y en su paciencia para aguantar escenas largas, diálogos largos, silencios largos. «El problema final» es, en ese sentido, una rareza en el catálogo de hoy, un policial para adultos pensado para adultos, con la estructura cerrada de la miniserie, sin la angustia del cliffhanger que estira una historia más allá de lo que da.
«El problema final» está disponible en Netflix, en cuatro episodios, y se puede ver completa en una tarde si uno se deja llevar por la isla, por la niebla, por los diálogos que crujen como la leña en una chimenea y por un José Coronado que parece haber nacido para ponerse la pipa y el sombrero del detective. Ideal para los que todavía tenemos en la memoria las películas de detectives de los sábados a la noche, y para los que, sin haberlas visto, se bancan una serie que no les explica todo en el primer minuto. Por mi parte, ya se la recomendé a mi hermana, y eso, viniendo de mí, es casi un certificado de garantía. Los cuatro capítulos están al alcance de un click, y créanme: vale cada minuto.
